compañía, afecto y amistad con las personas mayores en soledad
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15 anos de compañía e amizade coas persoas maiores

Tulipanes, campanillas a punto de florecer, macetas de hierbabuena, un par de chopos… “Siempre me gustó estar cerca de la tierra, lo llevo en el cuerpo”. Tomates de Jesusalén, romero y en el centro un gran un olivo de hojas plateadas El invierno se resiste a marcharse y da sus últimas coletazos entre nubarrones negros y un “chirimiri” persistente, pero nosotros seguimos a lo nuestro. Violetas, algunos rosales, margaritas asilvestradas salpicando el jardín de reflejos chillones, y de repente una encina… “Esa especie es bastante rara pero puedo darte algunas semillas” José tiene claro que la jardinería como la vida son una cuestión de trabajo, curiosidad y paciencia.

Y si los 30 metros cuadrados del terreno de atrás de casa son un Jardín Botánico abarrotado y exuberante, como si se hubiese preocupado de crear un Arca de Noé en miniatura con las especies vegetales del planeta para ponerla a navegar para cuando el diluvio se decida a descargar sobre nosotros. José se ha encargado también de hacer algo parecido con sus 73 años. Sembrar, cultivar y experimentar con los esquejes de mil disciplinas distintas para hacer de su vida un jardín en el que refugiarse sus últimos años. Pasear por sus vivencias es cómo dar unas vueltas concéntricas entre sus parterres, siempre aparece un detalle de color, una sorpresa nueva.

A él le gusta definirse como un hombre de pueblo, sus abuelos eran agricultores, allá en Benialbo, Zamora donde pasó su infancia. Hoy enseña a sus nietos siempre que puede cómo es una espiga de trigo, a que sabe un tomate de verdad, o que un conejo es un animal de granja y no un envase plastificado del Carrefour.

“Los chicos de ciudad han perdido totalmente el contacto con la Naturaleza”.

A José le hubiese gustado ser ingeniero agrónomo pero era el mayor de 5 hermanos y su familia no disponía de suficientes recursos aunque acabó ejerciendo la carrera militar durante cerca de treinta años “Llegó a mis manos una propaganda del ejército mientras estudiaba el bachillerato laboral, como siempre lo pintaban muy bien, y de paso podía hacer el servicio militar”. Del ejército se queda con “la disciplina personal que adquirí, mucho más importante que la otra y que de tanto me ha servido en la vida”. Pero un puesto de trabajo seguro no significó para él ningún final de trayecto ni posibilidades de relajarse. José sólo había empezado a sembrar.

Realizó las diplomaturas fiscal y laboral, y continúo leyendo, siempre. Literatura, Historia, Botánica, mecánica…”Me dedico a leer todo lo que puedo, la cultura es una de las cosas más importantes y que me hace feliz” Y como buen lector compulsivo en su casa abarrotada de libros se entremezclan tratados sobre plantas comestibles con enciclopedias de la historia o novelas policiacas.

José ocupó el primer puesto de España en el curso de oficiales. Como buen corredor siempre entendió la vida en las distancias largas, finalmente alcanzó el grado de comandante. Por el camino un rosario de destinos entre los que destaca los años que pasó en El Aaiún. En pleno Sahara Occidental, allí decidió dar rienda suelta a otra de sus innumerables inquietudes y montó un laboratorio fotográfico. “Hacía mis propias fotos y revelaba las de los demás, fotos de nómadas bereberes, de carabanas de camellos, atardeceres en el desierto…me fascinaban sobre todo los ojos de las mujeres, lo único que veía de ellas, escondidos tras el velo”.

Sobre la situación del Sáhara Occidental opina que “ha pasado los mismo que en mil sitios a lo largo de la historia, el vacío de poder en un sitio donde además se descubren riquezas naturales provoca que rápidamente otro poder intente adueñarse de ese lugar, la historia de la codicia humana”. Y así pasó seis años en el desierto mientras arreglaba los coches y carros de combate que llegaban destrozados por las dunas y revelaba fotografías. Un día aquello se acabó y volvió a Madrid con su familia, sin traumas. “Soy muy adaptable, sólo soy nostálgico de mi tierra”.

Se acabó el desierto y siguió la vida, y aún tendría tiempo de trabajar en una asesoría y de probar en el mundo empresarial. Montó una red de panaderías que surtían a los economatos militares. Y los sesenta supusieron una nueva oportunidad para lo que él le gusta,hacer cosas. Una nueva oportunidad de apuntarse a la Universidad para los cursos de Mayores, volver a retomar apuntes y libros, algo que para él supuso un placer; Geografía, Historia, Filosofía… Cultivar la mente y también el cuerpo. Una época para salir a correr y para empezar a bailar en serio. Porque a José se le iluminan los ojos cuando habla de cómo puede llegar a bailar el tango, y las sevillanas o cualquier tipo de baile de salón. Y justo después de haber acabado una exhibición de tango, llegó aquel ictus a su vida, como llegan las malas hierbas o las plagas de langostas. Y ni así se rindió José porque si algo ha sido siempre es competitivo y hoy a sus 73 años sigue presentando batalla a la vida aprovechando cualquier resquicio y posibilidad que esta le deje aunque sea compitiendo en una mesa , “soy un gran jugador de dominó y de mus”.

Y cocina, y política y atletismo… y a José se le amontonan las ilusiones con las que enriquecer la vida. “Una vida no está completa si uno no trata de perfeccionarla con esfuerzo, tiempo y disciplina conocer sus límites”,

“Yo siempre he estado ocupado”.

José tiene 4 hijos y 5 nietos que son algunos de estos últimos la alegría de este periodo. Aunque vive solo, “No me disgusta vivir solo, siempre he sido muy independiente, intento dedicar a leer todas las horas que puedo”. Y entonces abre la puerta de la cocina y salimos a su jardín, y allí nos perdemos durante una hora, diente de dragón, ajedrea, rosales… y José pasea entre su plantas con la serenidad y la satisfacción que le proporcionan sus últimas pasiones, tal que fueron las primeras. La tierra y sus verdades inmutables. Lo que se cultiva, crece.

Baldomero visita a José desde hace cerca de un año. A sus 66 y ya viudo este excamarero y voluntario de Cruz Roja. José nos cuenta que Baldomero también es de pueblo y les bastó echar una mirada al jardín para encontrar el punto de conexión.

Juntos pasan las horas entre escardillos, macetas, bulbos y semillas. Baldomero ha ayudado a que el pequeño vergel de José presente el aspecto tan espectacular con que nos recibe hoy. El voluntariado de Baldomero es una buena metáfora de lo que pretendemos conseguir con Amigos de los Mayores. El amor, con trabajo y paciencia termina por dar sus frutos. «