15 años de compañía y amistad con las personas mayores en soledad
15 urte laguntza eta adiskidetasuna eskaintzen bakarrik dauden adinekoei
15 anos de compañía e amizade coas persoas maiores

Algunas tardes  se sentaban a solas en el salón, desataban el nudo que guardaba  aquel puñado de cartas ajadas y pasaban la tarde leyéndolas, intercambiándolas. Él las de ella, devorando a toda velocidad  su letra infantil, como el que ha recorrido el mismo camino mil veces, saboreando los mejores pasajes de memoria. Ella las de él, con sus párrafos duros, plagados de aventuras de la guerra, el recuento de penalidades y las insinuaciones veladas del lenguaje. “Un beso de tu hermano que mucho te quiere…”

La madre de Concepción se quedó viuda cuando esta apenas contaba con apenas cuatro años.  Ella y su hermana la acompañarían cuando ella se enamoró de otro hombre también viudo y con cuatro hijos varones. Juntos, conformaron una familia numerosa  y alegre en aquella Valencia de la que Concepción recuerda su luz y los días en que se acercaban a la playa de la Malvarrosa. La Guerra Civil rompería la vida de la familia dispersando a la mayoría de sus hermanos por el frente.

Tardarían mucho en volver a la zona republicana, “un día apareció mi hermano Ramón el tercero de ellos, de permiso con unos amigos para pasar unos días”.”Al irse me escribió una carta muy rara, donde me decía que su hermana había cambiado mucho”.  Esa sería la primera carta de una correspondencia que ya no se interrumpiría a lo largo de los años siguientes. “Cada semana llegaban las cartas desde el frente, nunca faltaba la carta de Ramón, me preguntaba por mis amigas, por mi vida en casa y a cambio me contaba cosas de la guerra, a mi me extrañaba mucho pero se las contestaba”.

Desde el  frente llegaba puntualmente todos los viernes un sobre enorme con  todas las cartas de los hermanos repartidos en el frente. Padre, madre, hermanas y tías recogían su correspondencia y las leían en voz alta.´”Nunca faltó la carta Ramón, yo las leía con total inocencia  hasta que un día mi cuñada me dijo que cogiese sus cartas las guardase y no las leyese en alto”.

Ramón aprendió Morse y trató de enseñarla. “Yo no aprendí casi nada y por supuesto no entendía una palabra de lo que me escribía. A cambio le contestaba con el abecedario en Morse que era lo único que aprendí a escribir”.

“Él era mecánico, un día se estropeó un cañón y supo arreglarlo. Entonces lo ascendieron a teniente y  lo destinaron a Valencia.  Ahí nos veíamos más seguido, en realidad nuestra vida era como la de antes, yo tenía 16 años y él 23, compartíamos la misma casa y a veces íbamos a la playa o a dar un paseo”. “Mi padrastro no nos dejaba ir a la playa si no íbamos acompañadas de algunos de nuestros hermanos”.  Las cartas continuaron llegando de forma puntual incluso durante los meses que Ramón pasaría en un campo de prisioneros, “Logró salir gracias a los hijos de nuestra portera que eran Guardia Civiles e intercedieron, nuestra portera los quería mucho”.

“Era tan alegre que era imposible llevarse mal con él”.

La guerra acabaría y Ramón se puso a trabajar como colchonero, ahí llegaría el gran anuncio, “un día se declaró y me propuso  ser algo más que hermanos. Yo aún seguía sin esperármelo y me sorprendió mucho, me lo pensé un poco pero al final le dije que sí. A mí me gustaba él, en realidad él le gustaba a todo el mundo”.

La noticia caería como una bomba en la familia, Ramón por supuesto le pidió permiso a su padre que contra a lo que todo el mundo pensaba se lo tomó bien.  Le dijo “sinvergüenza ya sabes tú lo que te llevas”. Se casarían en Valencia aquel 10 de Octubre de 1940, con toda la familia al completo.

Junto,  primero  en Valencia y más tarde en Madrid construirían un refugio para soportar el transcurrir del tiempo, que les alcanzaría para abrigarlos durante 65 años. Celebrarían sus bodas de plata y más tarde las de oro, llegaron las hijas pero se ausentaron las discusiones.

Eliminando los conflictos irresolubles con un método definitivo. Lo que ellos llamaban “el chavo”, “cuando ya no llegábamos a ningún acuerdo siempre tirábamos una moneda al aire a cara o cruz y el que perdía cedía, no le quedaba más remedio”. Siempre así al cine “Películas del Oeste o de amor, recurríamos al Chavo” cuenta Concepción entre risas.

Le preguntamos por su secreto,  ese que todo el mundo busca,  cómo conservar el amor durante  más  de 65 años. “Pienso que los jóvenes hoy son un poco egoístas, el secreto de un matrimonio consiste en no querer tener siempre la razón, en ceder un poco.  Siempre van a llegar situaciones difíciles, pero poniéndose en el lugar del otro y teniendo un equilibrio todo se supera”.

”Nunca se debe imponer la voluntad al otro, mejor un chavo al aire”.

Juntos viajaron mucho, una de sus hijas se ha casado en Noruega y tuvieron oportunidad de conocer los fiordos. Hoy tiene hasta bisnietos, “Lo único que no nos concedió Dios es lo que pedíamos que uno se muriese a los ocho días de morirse el otro”.

Concepción lleva siete años viuda y busca en cada rincón del piso la presencia de Ramón “Lo echo de menos a diario, por cualquier cosa, recuerdo sobre todo su voz, cantaba unas zarzuelas preciosas por toda la casa”.  Aún recuerda al hombre con el que treinta años después aún se sentaba a repasar aquellas cartas, intentando descifrar aquel código Morse que  encerraba a  todos los secretos juntos. Los de la familia, el amor y la vida durante 65 años compartidos.

Concepción lleva tres años en Amigos de los Mayores, ha tenido varias voluntarias y de todas guarda un gran recuerdo. Pero habla especialmente a Belén con la que estuvo un año, compartiendo charlas y confidencias junto a su ventana. Hace poco Belén se casó y ya no vive en Madrid.Concepción nos cuenta que la invitó a su boda, y recuerda como Belén también le pidió algún consejo sobre el secreto de pasar 65 años de vida en común.

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